El último campamento

Por Catalina Vera Cáseres, Jazmín Echeverría y Valentín Palacios

“¡Qué loco que ya sea el último!”, pienso mientras guardo la ropa en el bolso. Ya pasaron seis años desde el primer campamento de la secundaria. Una mezcla de nostalgia y ansiedad, miles de expectativas y emociones recorren mi cuerpo.

Agarro el celular, nadie puso nada en el grupo de Whatsapp, debe estar todo bien. Voy al chat con mis amigas y les aviso que en 5 salgo de mi casa y paso a buscarlas. 

Mientras escuchamos música y charlamos, disfrutamos el viaje hasta el Cerro de la Virgen, que es un poco largo porque queda alejado de la ciudad de Tandil, que se encuentra ubicada en el centro-sudeste de la provincia de Buenos Aires, dentro de la Pampa Húmeda, formando parte del Sistema serrano de Tandilia. 

Finalmente llegamos, un parque verde y extenso, más de lo esperado, nos recibe. Sobre este, algunas nubes y una brisa fresca y renovadora, nos invita a comenzar. A lo lejos vemos a algunos de nuestros compañeros. Unos jugando al fútbol, otros acomodando sus bolsos, otros charlando.  Los bolsos pesaban, creo que traje más ropa de la que debería, como siempre, así que voy a dejarlas por ahí. Necesito unos mates y saber cómo llegaron mis amigos. Nos sentamos y al igual que corre el mate por las manos, corren las memorias en mi cabeza. Todos los momentos que viví con ellos, ¡cómo los voy a extrañar!, pero aun así estoy sonriendo, contenta. 

Esperamos a que el grupo esté completo para que Ariel y Ayrton, nuestros profes de Educación Física, junto al guía del lugar, el “Pollo”, un hombre que es más de lo que aparenta y que vivió la adrenalina de las más grandes montañas del país, nos expliquen las normas del lugar, medio por arriba porque “ya somos grandes y se supone que sabemos lo que hacemos”. 

Cuando terminan de hablar, nos ponemos a armar las carpas. La abrimos y vemos que le faltan las estacas, desconcertadas, preguntamos si alguien trajo algunas de más. Por suerte sí. Intentamos armarla por nuestros propios medios pero es imposible, no entendemos cómo y dónde va cada parte. Le pedimos ayuda a Ayrton y a algunos compañeros y rápidamente, sin problemas la arman. No servimos para esto.

Profesores y alumnos armando las carpas

Después de esto, con algunas amigas decidimos subir al Cerro para comprobar si la vista desde arriba es tan linda como nos dijeron. Y si lo es. El horizonte, los colores, el verde, los campos, formaban el paisaje perfecto. Así que decidimos quedarnos ahí pasando el rato, escuchando música y hablando sobre cómo se vería el atardecer desde ese punto. Algunos chicos aprovechan a sacarse fotos.

Después de un rato, leemos en el grupo de Whatsapp que los profesores habían estado llamando hace un rato para arrancar con las actividades programadas, por lo que rápidamente bajamos y nos encontramos con ellos. Ariel nos esperaba abajo, con una mirada que nos hizo saber que él hubiera preferido que llegáramos antes, pero bueno, esa vista valió la pena. 

Nos dirigimos al parque de actividades de CANOPY TANDIL, un punto escondido entre los árboles de un hermoso bosque, todos dispuestos a recibir las instrucciones para comenzar. Hoy toca rappel. Dijeron que íbamos a hacer una pasada por la más chica, «menos mal» pienso, me da un poco de vergüenza demostrar mis miedos, pero también encontré el mismo alivio en las miradas de mis amigos, sabía que no era la única. Seguimos por colocarnos los arneses, ya falta menos para salir. Disimuladamente quiero alejarme lo más que pueda de los primeros, peleando con mis amigas que sé que buscaban lo mismo, pero más temprano que tarde, mi turno llega. El guía me extendió la mano para subir a la plataforma, él está contento, se ve que lo disfruta, que envidia, yo también quisiera estar así, pero cada vez que miro para abajo es más alto. «¿Estás lista?”, escuché. Se qué se refiere a la actividad, pero no puedo evitar pensar en si estaba lista para todo lo que se venía, tantos cambios, nuevas experiencias, la universidad y todo lo que eso conlleva. La voz del guía me volvió a la realidad, voy a saltar. Tomo coraje y, luego de un suspiro, mis pies corren hasta el final de la plataforma. De repente, los árboles se mueven muy rápido a mi alrededor, pero lo más increíble de todo fue que lo estoy disfrutando. Llego a la plataforma final mucho mejor de como salí, me hormiguean un poco las piernas pero no quita la sonrisa de mi rostro, ahora solo quiero que lleguen las más largas. 

Primera actividad, rappel

Llegó el momento del descenso mayor. ¡Qué miedo!, no sé si me voy a animar. Mientras vamos caminando hacia las rocas desde donde descenderemos, me tiemblan las piernas y no puedo ocultar esta sensación. Miro a mi alrededor y las caras de mis compañeros son las mismas, me tranquilizo un poco. Cuando llegamos al lugar, me doy cuenta que quiero hacerlo a pesar de mis miedos. Menos mal que me animé, porque al terminar de hacerlo, lo quise hacer de nuevo. Y eso hice.

Ya eran casi las 12:30 y todos nos moríamos de hambre, mientras volvíamos a la base del campamento, era de lo único que hablábamos -bah, de lo que nos quejábamos-. Al llegar, nos encontramos con Luciana, nuestra profe de matemática, que era nuestra tercer acompañante y no vino a la misma hora que nosotros porque le tenía que tomar evaluación a los pobres chicos de 1ro.  Charlamos y tomamos algunos mates con ella, hasta que Ariel y Ayrton nos llamaron para empezar a cocinar. 

Nos dirigimos al lugar en el que íbamos a cocinar, un bosquecito con lugares determinados para prender el fuego. Nos empezamos a dividir las tareas, algunos buscan los discos y preparan la “parrilla”, otros, como yo, cortamos las verduras y el pan. Cuando ya estaban los discos empezaron a prender el fuego, pidiendo cada 2 minutos que les alcancemos palitos, ramas, o lo que fuera para que no se apagaron. En menos de lo que pensaba ya estábamos comiendo, ¡por suerte! Los sanguchitos están buenísimos, además de la carne, le agregamos cebollas y morrones al disco, ¡una bomba!

Al terminar, lavamos las pocas cosas que usamos (platos, tenedores, vasos) y empezó nuestro tiempo libre.

Al terminar, lavamos las pocas cosas que usamos (platos, tenedores, vasos) y empezó nuestro tiempo libre. 

Nos dirigimos a las carpas y estiramos afuera de ellas algunas mantitas y aislantes, y nos acostamos un rato. Aprovechamos para descansar, jugar a la pelota o a las cartas. Hablando y escuchando música vamos pasando el rato hasta que nos vienen a buscar los guías para ir a la segunda actividad: el desafío del bosque. 

«Los juegos estuvieron bastante buenos, la pasé bien», pienso mientras vuelvo al campamento. 

La noche se siente cada vez más cerca y el hambre acompaña su llegada. Por lo tanto, llegó la hora de preparar la cena. Rafael, líder de la cocina, busca un espacio de comodidad entre todo el lío que estábamos haciendo. Definitivamente no fue la mejor idea cocinar entre todos. Finalmente logramos preparar las salsas y se las dejamos a Rafa, quien ya está un poco cansado del bochinche, pero sigue con su risa tan característica. Luego de unos minutos y casi sin darnos cuenta, los profesores, a quienes habíamos invitado, comenzaron a aparecer, contentos de vernos y dispuestos a ayudarnos a terminar con la mesa y a servir todos los platos. 

«Esa cena fue increíble» concluimos entre todas, ya en nuestra carpa, mientras nos preparamos las cosas para irnos a bañar. Estoy muy contenta, realmente, me divertí mucho con todos ellos, son los mejores profesores que nos pudieron haber tocado. 

Por fin llegó el momento que todos estábamos esperando, o al menos yo, con ansias, la fogata. Es la parte más linda y emotiva de todos los campamentos, cantamos, contamos historias y por sobre todo, nos acercamos como grupo. Ariel ya está preparado con su guitarra y su voz que tanto nos divierte, mientras que algunos preparan el fogón y el resto se acomoda entre las mantas. Todo ya está listo, pero aún hay personas ausentes, las cuales están viendo el partido de Boca. “No lo puedo creer” pienso al igual que todos. Mientras, debatimos si prender la fogata o esperarlos a ellos tres. Finalmente, con gran indignación, decidimos encenderla. 

 

 

¡Qué hermoso momento!, esto es lo que más amo de todos los campamentos. Pienso en todo lo que vivimos hasta acá, estos 6 años, donde crecimos juntos. A pesar de que hayamos tenido nuestras diferencias, lo que voy a recordar toda mi vida son estos momentos, donde miro a mis compañeros y agradezco lo afortunada que soy de haber pasado todo esto junto a ellos.

Pasamos un rato más, mirando la fogata y hablando. Cuando el fuego está casi totalmente consumido, el frío y la noche nos obligan a continuar nuestra charla dentro de una de las carpas. Y entre recuerdo y recuerdo el sueño se va apoderando de mí lentamente. 

La mañana llega acompañada de un silbido muy extraño. Confusa, me despierto junto con las demás, luego de una incómoda noche en la carpa. Mientras que, por fuera, el sonido de un silbato continuaba y ahora se le sumaban los gritos de Ariel con el fin de levantarnos a todos para desayunar rápido y correr a la última actividad: la tirolesa. Otra cosa que me da muchísimo miedo pero que la voy a hacer para compartirla con mis amigos. 

Apurados corremos a las carpas para desarmar las cosas porque nuestros papás ya nos están viniendo a buscar. Antes de que todos nos vayamos nos acordamos de sacarnos lo que sería nuestra última foto de campamento, a las apuradas, pero como siempre, felices y riéndonos. Después de que ya está, nos despedimos y cada uno se retira del predio en su auto.

Última foto grupal de campamento

Ya estoy en casa. «¡Qué loco!», me digo a mí misma mientras desarmo los bolsos. La nostalgia se hace presente en cada una de las cosas que saco. «¡No puedo creer que ya haya pasado!», pienso. Sin embargo, la tristeza por el final no se compara a los hermosos recuerdos que me llevo de este y todos los campamentos y momentos que compartimos juntos. Además, esto todavía no termina. Queda mucho de este último año por vivir.