Por Virginia Himitian
Mucha luz, eso es lo que veo cuando con los ojos cerrados comienzo a realizar el ejercicio de imaginación que nos proponen Magdalena Roa, directora del secundario y Vanina Ugalde, la vice, para dar comienzo a la jornada de capacitación docente que nos convoca bajo el tema “El clima escolar”.
“Les pedimos que recuperen un recuerdo de una experiencia escolar”, fue la consigna. Inmediatamente viajé a la Escuela N°4 Provincia de La Pampa, una de las instituciones en las que realicé parte de mi trayectoria educativa. Yo vivía en Buenos Aires, y la escuela estaba en el corazón de Villa Mitre, un barrio un tanto ignoto entre Flores y Paternal. En el recuerdo no me encontraba haciendo nada en particular, solo entrando a la escuela por unos pasillos amplísimos y unas baldosas rojas que olían a kerosene. La escuela estaba radiante, con enormes ventanales que daban a la plaza. La luz entraba por todos lados. Yo miraba hacia arriba y hasta podía ver las partículas de polvo flotar en el aire. Era un edificio nuevo, que se había inaugurado sólo un par de años antes de que yo entrara. Una escuela pública con una arquitectura de avanzada. Ese era mi recuerdo. Entrar, estar contenta, mirar por la ventana y sentir que en un rato, nada más, yo iba a estar jugando al “poli-ladron” en ese patio enorme donde corríamos todo el recreo.
Luego, algunas preguntas nos ayudaron a profundizar el recuerdo: ¿Cuál fue el impacto de recordar esa experiencia? Pude identificar que había sido completamente positivo. ¿Por qué dirías que ese recuerdo fue positivo?, continuaba el cuestionario. “Por la luz, por el espacio”, respondí. ¿Por qué te parece que recordaste esta experiencia? “Tal vez, porque hoy aquí sentada como profe en medio del salón de 6to año, mientras cebo unos mates, siento que otra vez los ojos se me vuelan por la ventana…”
Así comenzó nuestra jornada de capacitación, recordando nuestra propia experiencia de escuela. Luego nos acomodamos en grupos de a cuatro o cinco docentes para continuar pensando sobre qué es el clima escolar, por qué es importante hablar de él y qué aspectos involucra. Dialogamos entre nosotros y luego socializamos con todo el grupo. Vanina anotaba en un afiche papel madera en el pizarrón.
Coincidimos en que es el ambiente que se crea, que se respira, es lo no dicho… generado por factores interpersonales, afectivos, emocionales, y también por aspectos políticos, socioeconómicos y ambientales. El clima se percibe desde que se ingresa al Colegio y está dado por los gestos de aquellos con quienes interactuamos, por los colores, los olores… El clima escolar nos captura positiva o negativamente; nos predispone. Esta predisposición es subjetiva, está dada según la historia de cada uno; pero a su vez, todos hacemos al clima escolar: los docentes, los estudiantes, sus familias, el personal administrativo, de maestranza y del kiosco.
Más tarde abordamos, también en grupos, la lectura de dos textos: “Mal de la escuela” de Daniel Pennac y “El campo emocional en la educación: implicancias para la formación del educador”, de Juan Casassus.
El primer texto, sugerido para trabajar en esta jornada, daba cuenta de la distribución del tiempo en las escuelas y de la necesidad de que el docente se encuentre presente durante toda la clase. Presencia que lo haga estar conectado con lo que allí transcurre, pero por sobre todo, con el estudiante. Hubo un párrafo en especial del mismo que nos dejó pensando y profundizó el debate: “Cada alumno toca su instrumento, no vale la pena ir contra eso. Lo delicado es conocer bien a nuestros músicos y encontrar la armonía. Una buena clase no es un regimiento marcando el paso, es una orquesta que trabaja la misma sinfonía. Puesto que el gusto por la armonía les hace progresar a todos, el del triángulo acabará también sabiendo música, tal vez no con tanta brillantez como el primer violín, pero conocerá la misma música. El problema es que queremos hacerles creer en un mundo donde solo cuentan los primeros violines. Algunos colegas no soportan dirigir el orfeón municipal. Todos sueñan con la Filarmónica de Berlín, lo que es comprensible…”

En el segundo texto leímos que el compromiso emocional de los docentes con los alumnos es lo que marca la diferencia y que también resulta de vital importancia el mundo emocional del docente, sus miedos, amores, estereotipos, rabias. Y recuperamos cómo impacta en el rendimiento de los alumnos el clima emocional que se vive en el aula. Esto contextualizado en un mundo complejo, dominado por la economía en el que muchas veces los padres tienen que trabajar más que antes y eso les deja menos tiempo para estar con los chicos, lo que estimula un creciente síndrome de abandono en ellos. A esto se le suma la fragmentación social, y esa sensación de desarraigo que produce la movilidad en el trabajo, por lo que muchas veces la tarea de socialización recae en el docente. También menciona el autor, que las competencias emocionales pueden desarrollarse, y que lo que hacemos con el cuerpo puede modificar los estados de ánimo. Para todo ello, sostiene, resulta fundamental la conciencia emocional para descubrir los patrones que dominan nuestra acción, y luego ponderarlos y expresarlos, para poder modificarlos. Y a la par de eso propone desarrollar la comprensión emocional, que no es otra cosa que la empatía, comprender qué les pasa a los otros y ponernos en su lugar.
Finalmente, vimos juntos un video sobre “Clima escolar”, en el que la Dra. Cristina Carriego sostiene que el clima escolar es un una percepción de cómo son las relaciones entre los distintos actores de la comunidad educativa y que constituye un objetivo en sí mismo. Involucra aspectos como lo institucional, lo que sucede dentro del aula, y lo intra personal, es decir las creencias, el autoconcepto y las expectativas que tenemos. Y destacaba que para trabajar este clima escolar resulta importante hablar de los problemas, desarrollar el capital simbólico y gestionar la confianza, es decir tener hipótesis positivas sobre la conducta de los otros.
La jornada avanzaba a paso firme, y Magdalena nos invitó a completar una grilla confeccionada por el Equipo de Acompañamiento, que también utilizaron nuestros alumnos en una actividad de convivencia en el mes de junio. En ella debíamos destacar lo positivo y lo negativo del 2017, 2018 y cómo nos proyectamos a 2019. Luego completar cómo era nuestra relación con determinados entornos, por ejemplo la institución, los compañeros de trabajo, los alumnos y las familias. Y finalmente escribir cómo creemos que nos ven los demás, pero cómo nos gustaría que nos vieran.
La tarea no resultó tan sencilla. Tenía que ver con seguir trabajando en esto de mirarse, que hace tiempo venimos ejercitando en el Colegio, pero que sigue resultando un desafío.
Acordamos con el equipo docente y directivo la percepción de un buen clima escolar de Ayres pero la dificultad de sostenerse y no sentirse abrumado al ser parte del clima social, político y económico que se vive en el país. Magdalena alentó al equipo docente a transmitir una mirada realista pero esperanzadora para con nuestros estudiantes; a sabiendas de que esta crisis que atraviesa el país nos afecta a todos, propuso seguir sosteniendo, por la responsabilidad que como formadores tenemos, una postura activa y sostenida para cambiar la realidad cercana desde nuestro rol de formadores de adolescentes. Y señaló: “Hablar de lo que nos pasa desde un mirada empática, pero no catártica y desmoralizante, es la sugerencia”.
El encuentro llegaba casi a su fin, y fue entonces la oportunidad de los tutores de cada uno de los seis cursos que componen el turno mañana y de los tres que conforman el turno tarde, de socializar con todo el cuerpo docente cómo habían trabajado estas mismas grillas con los alumnos con motivo del aniversario del natalicio de Ana Frank. Esta actividad permitió evidenciar cómo los estudiantes describen la convivencia de los grupos en relación su curso y a lo Institucional. De este modo, se contribuye al análisis del clima escolar desde su perspectiva.
Nos despedimos. Afuera el cielo estaba celeste, un cordón de bruma pintaba de gris el horizonte. Hacía calorcito, salimos conversando brevemente con otras profesoras, contentas de esta pequeña primavera en los últimos días de agosto. Y me fui pensando en esto del clima, y cómo también en el aula es posible sentir que la vida nos sonríe cuando el clima es bueno.