Por Mariana Bourdette y Abril Ramos
En el área de Comunicación, en la materia de Comunicación y Cultura del Consumo a cargo de la docente Virginia Himitian, realizamos luego de la lectura de un capítulo del libro Deseo Consumido (Evangelina Himitian y Soledad Vallejos, Sudamericana, 2017), un inventario de placard. Esta actividad consistió en clasificar nuestras prendas en distintas categorías para efectivizar la visualización de nuestro consumo en bienes materiales textiles.
En mi caso utilicé nueve filtros:
- Me termino sacando: nueve prendas
- Usualmente uso: diez prendas
- Fiesta: ocho prendas
- Deporte: seis prendas
- No me queda: seis prendas
- Sentimental: nueve prendas
- + de 365 días sin usar: diez prendas
- Abrigo usual: cinco prendas
En esta experiencia me di cuenta de que uso muy poca ropa de mi armario “diariamente a gusto”, mucho menos de la mitad la descarto o porque no me gusta como me queda, o por el tamaño, o porque me la regalaron y no supe decir que no, o porque no encuentro ocasiones para usarla. Tengo ropa para salir, y no me gusta salir, ropa de deporte, y no me gusta el deporte, jeans que no me entran, musculosas que odio y que ni siquiera sé si son mías.
Y entre todo eso que no uso, un sweater favorito, un jean que zafa, una remera de cuando fui a Necochea, un gorro de la nieve, una campera por mis quince, una gorra de Universal, la corbata de Harry Potter… cosas que me gustan, que me siento cómoda usando o que simplemente despiertan mis recuerdos, traen un aroma, un paisaje, una sonrisa.
Considero que mucha de mi ropa solo ocupa espacio, está por estar. Y quiero hacer algo con eso, me gustaría donarla o que alguien más la use, está abandonada en mi ropero. Y no por el hecho de que si esa sale puede entrar otra, porque sería deshacerse de una para que venga otra bola de inutilidades. Me gustaría sentirme a gusto con lo que tengo, lo mínimo e indispensable. Cada vez sentirme más identificada conmigo misma, porque mirando mi ropero se puede adivinar quién soy, nunca del todo porque considero eso improbable y con dificultad de no cometer prejuicios: pero si mi placard estalla, rebalsa, está todo abollado y desordenado, a veces significa que yo lo estoy, que no tengo tiempo de ordenarme, de mirar, de clasificar.
Sin mencionar el impacto ambiental que los excesos generan. Lavar esa ropa, secarla, plancharla, porque la usé de último recurso, o porque de no usarla tiene olor a humedad y se arrugó. Ocupa espacio y tiempo que podríamos disfrutar al sol o con amigos, o bien charlando en el sillón con mamá. Es inimaginable la importancia que puede tener parar, revisar el ropero, y poder leer tantas cosas que si no nos deteníamos seguían su curso y daño paulatino.
La bipolaridad del consumidor
Di un paso hacia atrás para ver el indisciplinado desorden que habitaba mi cuarto. Era una pila caótica de ropa que no solo reflejaba mi inclinación por los colores y los estampados sino que también funcionaba como la viva materialización del consumismo. Realizar un “inventario de placard”, proponía la consigna de la materia; y eso era lo que había hecho minutos antes, o por lo menos de la mitad de mi ropa (qué era lo que una vida con padres separados me permitía). Había comenzado delicadamente separando las prendas por categoría para terminar por dejarlas en un enmarañado bollo que me llevó a pensar varias cosas. ¿Porqué tenía esa ropa? ¿Me transmitía algo de verdad? ¿Cuál es la intrincada razón por la que los humanos, seres pensantes tan inteligentes, nos aferramos a pedazos de materia tan inútiles que no son más que una construcción social? ¿Ese bollo al que tanto apego le tenía, respondía a mis propios gustos o no eran más que viles respuestas a la necesidad de una inclusión en la sociedad? En el momento no pude darle respuesta a ninguna de estas preguntas. Lo único que tuve fue el recuerdo de cuantas veces viví la sensación de no tener qué ponerme, eso y un arrepentimiento inmediato producto del desorden que parecía burlarse de mí frente a mis ojos.
Hoy, semanas más tarde, la consigna repercute en una nueva que propone una reflexión por escrito. ¿Volví a pensar en el tema en las últimas semanas? Sinceramente, no. Y el único resultado que vi en el momento fue una suerte de orden del ropero que duró unos pocos días. Qué difícil es cambiar los hábitos, y cuanto más difícil es hacerlo cuando esos hábitos no son los propios si no instalados en la sociedad que llegan hacia nosotros a través de nuestros padres, los medios, la gente que nos rodea. La sociedad me había convencido desde chica que la moda estaba para seguirla. Me habían inculcado mis padres la necesidad de salir “bien arreglada”. Las revistas de moda me habían enseñado como combinar la ropa o como combinarla para que encaje en los estereotipos. Las gurús de moda habían empatizado conmigo más de una vez (eso sí, a través de las redes) diciendo que era normal que pensara que no tenía nada para ponerme y que la solución perfecta era salir a comprar un conjunto nuevo.
Había experimentado desde chica la sensación que provoca el arrancar una etiqueta y la desilusión de no poder comprarme esa prenda que el maniquí lucía con tanta satisfacción. Había sido víctima del sistema como tantas otras personas y ahora me lo recordaba, sabiendo que no tenía opción. Pero no quise quedarme con un argumento pesimista y cerrar este texto con banalidades desesperanzadoras. Así que me propuse investigar. Encontré organizaciones que llevaban a cabo campañas de donación de ropa, gente que renunciaba al sistema y se proponía metas cada vez más imponentes para deshacerse de lo material, familias que optaban por una vida saludable y se iban a vivir a un rancho en el medio de la nada, supermercados que aplicaban un comercio justo y empresas que prometían un consumo responsable. En su momento hubiese pasado por alto estas noticias y propuestas, hoy, me ayudaron a recordar una realidad que más de uno habíamos olvidado. Solemos creer que estamos atrapados en este sistema y que el más mínimo intento de salirse de él repercute negativamente más en nosotros que en el mismo monstruo que lo crea. Pero viendo estas actitudes, estas acciones que la gente llevó a cabo, me di cuenta de eso, somos gente. Gente que como tal tiene la capacidad de pensar por sí misma, la necesidad de buscar una respuesta a sus propios intereses y la característica de juntarse con otra gente para poder cambiar las cosas. Recordé que las revoluciones fueron los hechos que marcaron un antes y un después en la historia, y que detrás de ellas hubo gente, no robots que respondían a la orden de su jefe. No voy a salir a marchar, ni prender fuego toda mi ropa, probablemente hasta volveré a sentir ese inexplicable no tengo que ponerme. Pero ahora lo entiendo, el cambio está en nosotros, no podemos vivir como víctimas y si nos dejamos llevar por la corriente, lo hacemos sabiendo que lo hacemos porque queremos.
Di un paso hacia atrás para ver el intrincado texto que había escrito. Era una reflexión un tanto desordenada que no solo reflejaba mi retorcida mente adolescente y el cansancio de un viernes por la noche, sino que también funcionaba como la clara explicación del consumismo y la bipolaridad del consumidor.
Fotografía: Milagros Castilla