Por María Clara Lauria

Entonces después de años volvió a ese lugar que por años llamó hogar, donde olor a humo y pólvora ya era un recuerdo lejano. Soñaba con regresar, pero era una idea tan imposible que lograrlo fue un milagro.
Yo estaba en Francia, casi llegando a la frontera italiana, después de casi 40 minutos de pasar por muchos puentes, llegué a Aosta, un hermoso pueblo en medio de los Alpes. Sentí como si estuviera en casa, como si volviera después de años, aunque fue instantáneo, como una chispita que sale del fuego que se apaga ni bien se prende.
Hace ya casi quince días estaba en Europa, había pasado por Inglaterra, Francia y ahora me encontraba en Italia, el país de mis antepasados. A pesar de las tantas historias que escuché de mi familia en esos domingos compartidos donde solo la comida traía el silencio, nunca sentí que ese pasado fuera parte de mí. Italia nunca significó para mí lo que pudo significar para mis tías, mi mamá, mis primos, mis abuelos.
Fue en Venecia, sentada en una iglesia con mi tía, porque era el único lugar donde la policía no sacaba a los turistas si se sentaban un rato; un poco para calmar su enojo y por una pequeña pizca de interés, decidí preguntarle a mi tía cómo habían llegado mis abuelos a Argentina. Yo ya conocía un poco la historia de mi abuelo, Danilo Bertuccelli, marinero italiano que luego de la guerra decidió venir a Argentina en busca de trabajo y lo consiguió. Después de años y cambios de trabajo se quedó en Tandil y ahí pasó el resto de su vida. Pero nunca conocí muy bien la historia de mi abuela, Rafaela Cinacchi, solo que ella lo había conocido en Italia y nada más.
La guerra había terminado, el olor a pólvora de los rifles seguía en el aire. A pesar de la destrucción la vida siguió igual y como todo adolescente, Rafaela Cinacchi decidió ir a bailar luego del trabajo. En una plaza casi bosque llamada La Pinetta en Viareggio, ella se terminaba de acomodar el pelo antes de entrar al lugar. La música de los años 40 resonaba en el lugar. Entre tantos ojos, unos celestes cielo resaltaron entre los demás. Danilo Bertuccelli se llamaba, rubio, italiano y militar de la marina.

Después de dos años de novios Danilo decidió irse a Argentina para trabajar, después de su despedida y promesas de escribirse partieron caminos. Era poco tiempo el que se iba a quedar él, y en ese tiempo se intercambiaban cartas que viajaban meses en barcos llenos de cartas de otros enamorados separados por el Océano Atlántico. Algo le llamó la atención a Danilo, porque decidió quedarse, pero su novia estaba cruzando el inmenso mar. Entonces le propuso casarse por poder, así ella podría quedarse en este nuevo país con él. Rafaela tuvo que tomar una decisión. La cosa no era simple, ella podía quedarse con su familia en un país destruido por la guerra con mucha pobreza o arriesgarse a ir a un país desconocido a miles de kilómetros de distancia dejando su familia atrás y sin saber si siquiera los volvería a ver.
Luego de mirar la hora interrumpí a mi tía en medio de su relato. Ya era hora de volver al puerto. En el barco miraba las olas de esa agua tan hermosa que tiene Venecia y no podía dejar de imaginarme cómo mi abuelo podía pasar tanto tiempo en el agua. A veces me mareaba, pero era verdad que el movimiento del barco en el mar era relajante. Entonces me pregunté cómo se sentiría viajar en barco desde Italia hasta Argentina, pero no en los grandes barcos de hoy en día, si no en los barcos de los tiempos de mis abuelos.
Rafaela se despedía de su familia antes de subirse al barco, en el mar de emigrantes italianos ella se movió hasta abordar. El barco estaba desbordado de personas, muchas de ellas compartían la misma historia, una misma búsqueda de nuevas oportunidades en un país desconocido, una verdadera historia de un aventurero.
Ella estaba en la parte de arriba del barco, mirando el mar de personas moverse, intentando saborear cada momento de esa aventura y extrañando a su familia a pesar de que estaba a solo unos kilómetros de su casa, de su país, cuando de repente una voz femenina la sacó de su pensamiento. Así conoció a Rina, otra inmigrante italiana casada por poder de camino a Argentina. Sus historias tan parecidas las volvieron amigas, era lindo saber que ella no era la única, que había otras como ella y saber que en este mundo nuevo, quizás, no iba a estar tan sola.
Después de unos días de haber estado en Venecia yo me encontraba en Roma, era mi último día con la empresa de viajes que me llevó a recorrer parte de Europa. Entonces en las afueras del hotel, esperando un taxi, me despedí de las amigas que había hecho en esos quince días, las brasileñas, la colombiana y algunos mexicanos que me acompañaron. Ahora éramos mi tía y yo, rumbo a Viareggio, la ciudad de mi abuela.
En el medio del tren rumbo a Viareggio veo una historia en Instagram de una de mis compañeras, justo estaban preparándose para himnos, una de las competencias que se hacen entre escuelas en Tandil. Entonces me cayó como un golpe seco el dolor que tanto tiempo había negado. Habían sido sólo quince días, pero extrañaba Argentina, extrañaba mis amigos, los domingos con mi familia, pero lo que más extrañaba era hablar en español con otras personas y escuchar a los demás pasajeros del colectivo o del tren hablando en español, con esa tonada propia de Argentina. No me gustaba en lo absoluto no poder comunicarme, no entender y que no me entendieran.
Ya se escuchaban los gritos en el puerto de Buenos Aires, después de un largo viaje, Rafaela partió camino y se despidió de Rina. Entonces llegó el encuentro tan esperado entre ella y su amado. Salieron a Tandil, el lugar que tanto había enamorado a Danilo. Era nuevo para ella, a pesar de estar acostumbrada al bosque y el campo en Viareggio, justamente eso era algo que no veía hace mucho por culpa de la guerra. Luego de unos días se casaron en persona, y comenzaron a construir su casa, a pesar de que ella estuviera embarazada trabajaba igual ya que Danilo de alguna manera la convencía para que lo ayudara.

Como cualquier persona, un día que Rafaela quería hacer pasta, al buscar un colador se dio cuenta de que no había. Entonces, al no estar su marido, decidió ir a comprarlo por sí misma. No había pasado tanto tiempo desde su llegada y su español era muy limitado. Lo que parecería una tarea muy simple se convertía en un verdadero desafío por culpa de las barreras del lenguaje. Al final no le entendieron y la pobre se fue frustrada llorando por esa situación. Cuando volviera su esposo le pediría ayuda a él, pero el mal trago de esa experiencia sería difícil de olvidar.
A mí, Viareggio me pareció muy bonito, una ciudad con un hermoso mar. Había negocios por toda la costa, pero cada uno de estos edificios tenía una belleza europea difícil de explicar con palabras. A pesar de las hermosas vistas y el olor a mar, uno de mis primeros intereses era comprar, o por lo menos entrar a los diferentes locales. En uno de ellos entre maquillaje, y me acordé que me había quedado sin corrector y el revisar las estanterías en busca del producto, una mujer italiana comenzó a hablarme, como si se estuviera quejando del precio conmigo o recomendándome algún producto y yo me quedé congelada. No entendía nada de lo que me decía. A pesar de entender algunas palabras italianas, yo me sentía inútil. Entonces lo poco que supe decir en italiano fue “scusa, non parlo italiano” a lo que la mujer me pidió perdón.
Luego de unos días llegó el tiempo de conocer a mi familia de parte de mi abuela, sus primas y sobrinas. Obviamente, la costumbre italiana es que cuando vuelve un familiar, no importa que tan lejano sea, se lo recibe con una buena comida. Nunca comí comida tan rica aunque había un problema en todo esto. No solo que no entendía ni hablaba casi nada, sino que era toda una familia que yo no conocía, con quienes no tenía trato y eran mínimamente 30 años mayores que yo. En cambio, mi tía sí tenía historia con ellos por haberse comunicado desde Argentina y haber mantenido relación con ellos incluso luego de la muerte de mis abuelos.
Me sentía una extraña en un mundo nuevo, pero igual intentaba disfrutar lo que podía. Entonces entendí el sacrificio de mi abuela y me di cuenta de la cantidad de cosas que mi familia y yo hacemos por amor a alguien. Mi prima se enamoró de un italiano y se fue a vivir con él a Italia. Mi tía, no importa cuál sea el pedido, va a hacer lo posible para ayudar. Mi mamá trabaja todos los días a pesar de su cansancio y de que podría haberse jubilado hace ya un año, para asegurar que yo tenga estudios superiores. Yo soy capaz de recorrer todo Tandil si es por ver, aunque sea un solo minuto, a las personas que quiero.
Luego de 10 años, Rafaela tuvo la suficiente plata para irse de viaje a Italia. Fue como un sueño hecho realidad. Algo que para ella era tan imposible pero que a pesar de todo y del tiempo, pudo lograr. Consiguió reunirse otra vez con casi toda su familia, lamentablemente su padre había muerto unos atrás, ya era tarde, su adiós de aquella vez antes de su aventura a Argentina había sido el último.
Sin darme cuenta, el mes de mi viaje ya había pasado y me encontraba en Ezeiza, esperando el remis que nos llevaría a Tandil. Fue raro volver, ver otra vez esos lugares en los que siempre estuve. A pesar de que solo fue un mes, para mí había sido más. Entonces volví a ver a mi mamá, a mis otras tías, a mis amigos y me sentí en casa otra vez.
