Por Martina Díaz

Todo comenzó en 1997 cuando mi madre, Yanina Soledad, iba a 4° año de secundaria. Un día una compañera la invitó a jugar el juego de la copa junto otras cuatro chicas. Una noche las invitó a su casa, comieron y las convenció a todas de realizarlo. Prendió las velas y preparó todo.
Al principio era gracioso porque nadie creía que fuera a pasar algo, y se reían, pero eso cambiaría muy pronto.
Les propuso pasar a su cuarto, que era pequeño y con un ventanal que daba al patio. En él solo estaba su cama y un escritorio amplio. A pesar de tener poco espacio era luminoso.
Ella recuerda hasta cómo vestía, tenía puesto un jardinero largo de jeans. El juego empezó con una propuesta: hacer preguntas tan personales que el resto no supiera responder, a pesar de ser amigas. Ahí la copa comenzó a responder cada pregunta uniendo las letras. Todas las respuestas eran correctas. Las chicas empezaron a creer que había algo más detrás de ese juego, y se asustaron. Una compañera se empezó a reír, tal vez de los nervios, la copa comenzó a girar sin parar. Las chicas preguntaron: “¿Alguien de este grupo debe irse?”. La copa señaló a la que se reía, ella salió del cuarto y las demás permanecieron adentro.
Luego empezó a unir palabras tenebrosas diciéndoles que se cuidaran, que las iba perseguir. Obviamente era un espíritu malo. La copa comenzó a girar con mucha fuerza sin sentido y se estrelló contra el ventanal. Pero lo más extraño y atemorizante fue que no dejó rastro. Explotó, y se desvaneció y no quedó ningún vidrio de la copa. Al instante se cortó la luz. Todas comenzaron a llorar, tenían mucho miedo, era algo muy inexplicable.
Ese fue el punto final de una experiencia de la adolescencia que vivió Yani y aún la recuerda. De ahí comenzó a vivir con miedo. Según ella nos cuenta que sentía que alguien la seguía en la calle y le tocaba el hombro. Vivía con mucho temor y lamentablemente eso duró mucho tiempo.
Ella nos recomienda que no hagamos esos juegos, porque son peligrosos y pueden atraer espíritus, a pesar que algunos pueden ser buenos también pueden ser malos. “No se arriesguen a vivir una experiencia solo por curiosidad”.