El pullover amarillo

Un relato sobre la Guerra de Malvinas

EN TODAS LAS FAMILIAS HAY HISTORIAS. ALGUNAS SON ANÉCDOTAS, OTRAS ENCIERRAN VIVENCIAS DE DESTIERROS, AUSENCIAS, ESFUERZO O DOLOR, O HECHOS IMPENSADOS. HAN VIAJADO, HECHAS NARRACIÓN, DE BOCA EN BOCA. CREEMOS QUE CADA UNA MERECE SER CONTADA, POR ESO NUESTRA SECCIÓN HISTORIA DE FAMILIAS, AHORA SE MULTIPLICA EN UNA COLUMNA SEMANAL EN LA EDICIÓN IMPRESA DEL DIARIO EL ECO DE LOS DOMINGOS. LAS PRODUCCIONES PERTENECEN A LOS ALUMNOS DE 6TO AÑO DE LA ORIENTACIÓN EN COMUNICACIÓN Y SE TRABAJAN DESDE EL ESPACIO DE TALLER DE PRODUCCIÓN EN LENGUAJES COORDINADO POR LA DOCENTE VIRGINIA HIMITIAN.

Por Agustina Iuri

María Beatriz apuraba el paso para cruzar la calle en dirección a la lanera, aprovechando los últimos minutos con su bebé, Mariana, dormida en el carrito. Habían salido temprano para hacer compras en la ciudad con una amiga. Era una de esas mañanas en la que todo el mundo tiene ganas de caminar con el sol que mantiene un clima cálido en Villa Mercedes.

Se acercaba el mediodía, Beatriz entró a la tienda y escogió una lana color amarilla decidida a tejer un hermoso pulóver para Fausto, su marido. El otoño se hacía sentir y los días empezaban a ser cada vez más fríos. Como él debía ser trasladado a Río Gallegos, ya que había recibido la noticia de que las Islas Malvinas habían sido recuperadas, decidió hacerle ese regalo, un pequeño gesto para que se sintiera un poco más cerca de casa, de ella y de Mariana en aquellos momentos en los que extrañara su hogar.

Antes de que Beatriz se casara con él, Fausto ya estaba viviendo en Villa Mercedes porque era piloto de la Fuerza Aérea Argentina. Los aviones que allí se encontraban eran los aviones A4B SKYHAWKS y estaban destinados en la V Brigada Aérea Villa Reinols, Provincia de San Luis. Debido a eso, al casarse decidieron mudarse y vivir ahí.

Fausto era un hombre alegre y muy activo que disfrutaba de los momentos en familia, de las tareas de la casa y de los fines de semana de ocio. Le gustaba mantener el orden en todo momento, pero sin perder la pizca de creatividad que lo caracterizaba. Cada tanto realizaba nuevos proyectos para la casa y amaba remodelar y mantener su hogar tal como él quería.

María Beatriz estaba a la espera de su segunda hija. Esa noche, habló con Fausto por teléfono y habían quedado que, pasados unos días, ella viajaría a Río Gallegos, Santa Cruz, para estar más cerca de él y acompañarlo. Ella había vivido en esa ciudad hasta los 17 años y eso ayudaba a que se manejara con total libertad allí.

El 1° de mayo de 1982 fue el día más impresionante y movilizante para María Beatriz, por los nervios y desesperación, porque fue el día en que los aviones de Fuerza Aérea entraron en combate en lo que se llama el bautismo de fuego, ella no quería imaginar lo peor, pero se habían ocasionado bajas de muchos conocidos.

Sabía que también le podía pasar a ellos y la angustiaba. En sus pensamientos predominaban las ganas de comunicarse con Fausto. A veces recibía un llamado de su parte mediante el comunicador de la brigada. Él le daba palabras de aliento, tranquilizadoras, les decía que se cuidaran ella y sus hijas.

En ese tiempo la comunicación no era la de ahora, no había Internet, no había celulares, no había telediscado nacional. En ocasiones, se comunicaban por mensaje a través de algún piloto que volvía a buscar un avión o armamento. Las familias enviaban algunos presentes en cajas de zapatos de bebé (el único tamaño que podía trasladar un avión A4). En el caso de María Beatriz enviaba melitas, chocolate con copos de arroz y una carta. También dibujos de su hija en una hoja.

Luego, todo era esperar. Y mientras esperaban, todas las noches un grupo de esposas rezaban el rosario. Ella ya iba bastante avanzada tejiendo el pullover amarillo para cuando Fausto volviera.

El día 12 de mayo María Beatriz se había levantado como en cualquier mañana normal, de las que transcurren dentro de la guerra, escuchando los comunicados, informándose sobre lo que había pasado, comunicándose entre las esposas. Luego, a la tarde había ido a conocer al bebé recién nacido de una amiga, cuyo padre se encontraba también en Río Gallegos. A la tardecita en casa, Mariana su hija, jugaba con la puerta del horno como mesita y ponía sus tazas mientras hacía comida para sus muñecas, María Beatriz seguía tejiendo.

Por la noche ocurrió lo más tétrico que le había pasado en la vida. Cerca de las 22 hs tocaron el timbre, María Beatriz atendió pensando que era alguna de las esposas que estaba en Reynolds, y se encontró con el jefe de Brigada, el jefe del grupo aéreo, el capellán, el médico y la esposa de un compañero. Abrió la puerta y les dijo: «No me digan nada, yo ya lo sé».

Para ella el resto fue una vorágine de hechos y palabras que no escuchó. No podía escuchar porque creía que se estaba muriendo. Su hija estaba dormida. Recuerda que ellos pasaron, recuerda haber escuchado sobre lugares, fechas, un barco pesquero en la zona, una posible eyección, todas palabras de consuelo para un momento sin consuelo. También recuerda de un modo vago que vinieron esposas de compañeros, que le avisó a su familia, y que vino su obstetra a acompañarla muchas horas. Ella se encontraba bien, lo que tenía era desesperación y tristeza.

Esa noche se acostó y lo primero que hizo fue ir a buscar a su hija de la cuna y acostarla junto a ella, era todo lo que tenía. Algunas personas le recomendaron que tomara algo para calmarse, pero el médico le dijo que lo único que sirve en estos casos es llorar todo lo que tuviera que llorar. Pero María Beatriz todavía piensa que no se ha calmado, a pesar de los 39 años que han transcurrido, porque es una herida que nunca va a cerrar.

Al otro día, salió para Mendoza, a la casa de sus padres. Estuvo allí un mes y volvió a su hogar, porque quería que su hija naciera en su lugar, con sus cosas, con su médico.

Cuando volvió se enteró de que compañeros entrañables con los que había compartido la vida, también estaban dentro de los caídos. Pasaron los meses y la situación era difícil para ella.

El 14 de junio finalizó la Guerra de Malvinas. Los compañeros de Fausto volvieron a sus casas, se visitaban, pero la vida para María Beatriz era una sombra. Su prioridad estaba en el embarazo.

Otro de los momentos más duros que vivió fue cuando salió del sanatorio luego del nacimiento de su segunda hija y tuvo que entrar sola a casa. Su madre y hermano ya habían regresado a sus hogares porque tenían que trabajar. Quedar sola en la misma casa y con las dos nenas fue algo muy difícil de sobrellevar. Los días eran interminables, la noche, sobre todo.

Al tiempo empezó a embalar todo para trasladarse a Mendoza, fue ahí cuando encontró en una bolsa el pullover amarillo casi terminado que había estado tejiendo para Fausto. Solo le faltaban las mangas, quedó unos minutos observándolo y decidió guardarlo con las cosas que se iba a llevar.

Los años fueron pasando, pero el pullover a medio hacer todavía seguía ahí, escondido entre cajas que no se animaba a desembalar. Hasta que un día Victoria, su segunda hija, jugando, lo descubrió. Había pasado tanto tiempo desde la última vez que había tenido ese ovillo amarillo entre sus manos que se impactó y no supo qué hacer. Con una mezcla de emociones, nostalgia, tristeza y un poco de alegría por haber encontrado después de tantos años algo hecho con amor y que significaba tanto para ella, esa tarde decidió empezar a destejer el pullover y comenzó a tejer uno para cada una de sus hijas. Lo más impresionante fue que cuando terminó se dio cuenta de que la lana le había alcanzado perfecto para cada uno.