Salvar una vida

En todas las familias hay historias. Algunas son anécdotas, otras encierran vivencias de destierros, ausencias, esfuerzo o dolor, o hechos impensados. Han viajado, hechas narración, de boca en boca. Creemos que cada una merece ser contada, por eso nuestra sección Historia de familias, ahora se multiplica en una columna semanal en la edición impresa del diario El Eco de los domingos.

Por Joaquín Esponda

El paciente estaba muriendo en sus manos. Su mente procesaba la información al instante buscando la respuesta adecuada. Dejar ir al paciente no era una de ellas. No en su guardia.

El doctor Hernán Saúl Esponda era un hombre valiente, inteligente y bueno. Bueno en su trabajo, bueno con la gente. Famoso por preocuparse por sus pacientes y ser cortés con ellos. Tal vez fue gracias a esta conducta que logró ser elegido como intendente de Rauch en 1983, con la vuelta de la democracia a nuestro país.

También era un padre de familia. Con sus cuatro hijos: Silvia, Ana, Pablo y Humberto Esponda. Y marido de la querida Sussel Márquez. Una familia que lo recuerda con cariño y respeto. Es en las historias que se cuentan de sus hazañas que ésta llegó a mí, su nieto.

Mi padre me habrá contado mil cuentos, pero este es el que resonó, captando mi atención y asombro. Y ahora el de ustedes.

Hernán no era un doctor de Rauch, era él doctor de Rauch. La gente buscaría su turno bajo la cumplida promesa de su profesional asistencia médica.

Su valentía y destreza médica serían puestas a prueba una agitada noche a principios de los 80 ‘s tras el accidente que sufriera la familia Araujo. Durante aquel desafortunado episodio, el conductor, un joven hombre que viajaba de Tandil a Rauch, fue letalmente dañado, por lo que resultó internado en el hospital de Rauch, donde el Doctor Hernán se encargó de operarlo.

La cirugía consistió en una operación en el tórax y piernas, ya que se habían visto fatalmente afectadas por la colisión.

El Dr. Hernán le pidió un bisturí a Tita Palmieri, jefa de Terapia del Hospital y su mano derecha. Ella, con determinación se lo alcanzó en un instante. El doctor hizo un corte limpio y abrió el pecho del paciente dando así comienzo a la operación.

Hernán llevaba a cabo su trabajo con destreza, mientras Tita lo asistía junto a las enfermeras Aurora, Sarah y Juana. El tórax del chico de Araujo había sido gravemente afectado. Todo marchaba relativamente bien hasta que el peor escenario se presentó: El corazón del muchacho dejó de latir.

El paciente estaba muriendo y dejarlo ir no era una opción para el Dr. Esponda. No ese día, no cuando aún había tanto por vivir.

Sin perder un segundo, Hernán introdujo sus manos con las palmas abiertas en el pecho del paciente, y desplazó las costillas fuera del camino, con firmeza y seguridad. Una vez despejado el camino al corazón, lo abrazó con sus manos y comenzó a bombearlo él mismo.

Bombeó y bombeó. Lo que fueron 5 minutos, para él se sintió una eternidad. Juana, una de las enfermeras que lo acompañaba, comenzaba a creer que perderían al chico. Pensaba en esta joven vida, y en todo lo que le quedaría por vivir si lograba salir adelante. Las muertes jóvenes siempre resultan incomprensibles, difíciles de asimilar, como un puñal que atraviesa a la familia para siempre.

Los brazos de Hernán se acalambraban y por momentos parecían querer desistir; pero su voluntad era más fuerte. Y gracias a su perseverancia, el corazón del paciente retomó su ritmo natural. Una vez seguro de que el paciente estaba a salvo, volvió las costillas a su lugar y continuó con la operación inicial.

El Dr. Hernán nunca olvidó esa noche. Este relato se contó una y otra vez en nuestra familia, hasta llegar a mí. Mi abuelo había sostenido un corazón entre sus manos y había logrado que volviera a latir, salvando así otra vida. Una vida que no estaba dispuesto a dejar ir.

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Notas del autor:

  1. Esta es la construcción de un hecho casi olvidado. Encontrar las piezas con las que armar dicho rompecabezas no fue tarea fácil y no hay ya manera de revisitar el pasado más que por los variados cuentos de quienes lo vivieron. Esta es la versión de la historia más coherente y apegada a la realidad que existe y me disculpo ante cualquier posible trazo de ficción.
  2. Porqué decidió bombear el corazón con sus manos frente a otras alternativas me es un misterio. Todos los relatos oficiales y extraoficiales indican que mi abuelo era un médico seguro y metódico por lo que entiendo que tomó la mejor decisión que pudo tomar con las herramientas que tenía en su momento. Aunque, la compresión cardiaca a tórax abierto es ciertamente efectiva y se puede utilizar en pacientes que han sufrido lesiones torácicas penetrantes. Son contextos muy específicos en los que puede realizarse, pero posibles.