La diversión tiene un límite

EN TODAS LAS FAMILIAS HAY HISTORIAS. ALGUNAS SON ANÉCDOTAS, OTRAS ENCIERRAN VIVENCIAS DE DESTIERROS, AUSENCIAS, ESFUERZO O DOLOR, O HECHOS IMPENSADOS. HAN VIAJADO, HECHAS NARRACIÓN, DE BOCA EN BOCA. CREEMOS QUE CADA UNA MERECE SER CONTADA, POR ESO NUESTRA SECCIÓN HISTORIA DE FAMILIAS, AHORA SE MULTIPLICA EN UNA COLUMNA SEMANAL EN LA EDICIÓN IMPRESA DEL DIARIO EL ECO DE LOS DOMINGOS. LAS PRODUCCIONES PERTENECEN A LOS ALUMNOS DE 6TO AÑO DE LA ORIENTACIÓN EN COMUNICACIÓN Y SE TRABAJAN DESDE EL ESPACIO DE TALLER DE PRODUCCIÓN EN LENGUAJES COORDINADO POR LA DOCENTE VIRGINIA HIMITIAN.

Por Agustín Colinamun

Se recuerda cada cierto tiempo en la familia, ya sea porque se están contando historias de cada uno o porque simplemente la situación lo demanda o surge de la nada, esta historia. Siempre que es relatada aparecen risas y nuevos recuerdos de la infancia. A medida que se va narrando, los oyentes que se encuentren alrededor de una mesa comiendo un rico asado, comida deliciosa o simplemente están metidos en ese mismo ambiente o situación, revelan un silencio con alguna que otra carcajada, ya que nadie se espera lo que puede pasar de forma inesperada.

La historia comienza así:

Este relato transcurrió durante un día hábil, era soleado y frío como suele ser en la ciudad de Esquel. Luis era un niño de unos seis años de edad. Vivía junto a sus padres y hermanos en un barrio muy tranquilo de la ciudad. Aquel día su madre se preparaba para ir a un control médico. En casa se quedarían con su padre Manuel, que no había asistido a su trabajo, ya que había pedido permiso para que su esposa Margarita fuera al médico sin problemas.

Sin dudas era un día diferente. No era común que su padre estuviera durante toda la mañana y la tarde en casa un día hábil. Fue así que Luis y sus hermanos aprovecharon para pedirle algunas cosas como jugar, arreglar la bicicleta que compartían entre todos, y que les fabricara una gomera para su hermano menor, Gustavo y para él. Al escuchar este pedido, su madre le dijo a su marido: “Manuel por favor no le vayas hacer las gomeras, no quiero que lastimen ningún pajarito y tampoco quiero enterarme que rompieron un vidrio de algún vecino”.

Esto enojó mucho a Luis y a Gustavo. Luego de unos minutos, su padre decidió hacerles las gomeras, por lo que le contestó a Margarita: «No va a pasar nada, voy a enseñarles cómo usarlas”. Y fue así que salieron a comprar las cosas necesarias para fabricarlas. Antes del mediodía ya habían adquirido lo requerido. Después de almorzar, durante la tarde, las harían.

Tras haber almorzado, su madre comenzó a prepararse para su visita al médico, y Luis junto a sus hermanos empezaron a armar las gomeras junto a su papá. Luego de unos minutos ya habían hecho la primera. Antes de salir, Margarita volvió a repetirle a sus hijos que no quería saber nada de que rompieran algo o lastimaran algún pájaro; se despidió de todos y salió a su control médico.

Manuel buscó unas latas vacías de leche en polvo “Nido” que eran grandes, y otras de polvo de hornear “Royal” que eran más finas y chicas. Les indicó a los pequeños cómo practicar puntería, recomendándoles que no les tiraran a los pájaros. Luis y Gustavo quedaron practicando mientras el papá continuó armando la segunda gomera. Luego de unos minutos regresó con la gomera lista a dónde los chicos practicaban puntería. Se la entregó a Luis. Gustavo, unos metros más adelante ensayaba con la otra gomera. “Practiquen, ya saben lo que no deben hacer, ahora le voy a poner leña a la cocina para calentar agua así me tomo unos mates”, les dijo Manuel, y se dirigió a la casa.

Practicaron algunas veces más. Pronto, Luis se dio cuenta de que en los árboles del patio de la casa había algunos gorriones. Aprovechando la ausencia del papá, comenzaron a tirarles a los gorriones. Fue así que una de las piedras fue a caer al techo de la casa, delatando que ya no estaban siguiendo las instrucciones de Manuel. Pocos minutos después, el padre apareció en el patio observándolos y pudo ver como Gustavo le tiraba con su gomera una piedra a un gorrión en vuelo. La piedra terminó rompiendo el vidrio de la habitación de los padres.

“¡Qué hiciste, no te dije que eso era lo que no tenían que hacer! ¡Dame esa gomera y vení para acá Gustavo!”, ordenó el papá. Le sacó la gomera y lo tomó del brazo para llevarlo adentro de la casa. En ese instante, Luis tensó su gomera en dirección a su papá y le dijo: “soltá a mi hermano”. Al escuchar la amenaza y ver que Luis le apuntaba con la gomera, le advirtió: “No vayas tirarme a mí”. En ese mismo instante, Luis le arrojaba la piedra.  

Unas horas más tarde, la madre regresó a su casa. Al ver a su marido sentado cerca de la cocina, leyendo el diario, lo saludó y le preguntó: “Manuel, ¿y los chicos?”. “Están en la habitación, respondió sin apartar la vista del periódico. Margarita fue a verlos y los encontró en la cama. “¿Por qué se acostaron?”, preguntó intrigada. Lloriqueando, Luis y le respondió: “papá nos mandó a dormir”. Margarita cerró la puerta regresando a la cocina y se dirigió a su marido: “¿por qué los mandaste a dormir a esta hora?”. En ese instante Manuel, que leía el diario, le respondió: “¿No te dijeron por qué los mandé a dormir?”, al tiempo que bajaba el diario que le cubría el rostro. Tenía un flamante chichón en la frente producto de la piedra que Luis le había arrojado. En la misma cocina donde había ido a calentar el agua para el mate, se quemaban las gomeras.