En el Día del Inmigrante, historias de familia: Un nuevo comienzo

Por Victoria Solla

Hoy, en homenaje al Día del Inmigrante, compartimos esta historia inédita de Victoria Solla, realizada para nuestra sección Historias de familia, durante el año pasado.

En la que ella, Victoria asume el punto de vista de su abuela, Fortunata María Mercedes Ferro, para escribir su relato.

El proyecto que enmarcó esta serie de Historias de familia, lo realizamos con los alumnos de 6to año de Comunicación de la Promoción 2019 en el Taller de Producción en Lenguajes. Consistió en recuperar un recuerdo de familia. A partir de él realizamos entrevistas y reconstruimos la información que nos faltaba tanto con fuentes escritas, como orales. Y luego con todo eso en nuestra mochila, nos sentamos a escribir.

Dominga Loggiaco con su primer hijo, Antonio. Francica, Italia

Miré al horizonte desde la proa del barco petrolero “Santa Fe”, viendo como las tierras donde nací y viví estos 7 años se alejaban cada vez más. Me despedía de Italia, mi país, el único mundo que yo conocía. Acompañada por mi mamá Dominga y mis 3 hermanos, nos habían llamado mi abuelo y sus hermanos para viajar y asentarnos en Argentina, en pos de escapar de la hambruna y la muerte que la Segunda Guerra Mundial había dejado.

En 1940 mi padre había sido llamado para pelear en aquel enfrentamiento, 3 meses después del nacimiento de mi hermano mayor, Antonio. Mientras tanto mi madre por un año no supo nada sobre su marido y luchaba por sobrevivir durante aquella escasez, prácticamente sola y con un bebé a su cuidado, a partir de trabajos de costura que canjeaba por comida. La desesperación, el nerviosismo y la tristeza de mi madre era palpable, aquellos fueron momentos muy difíciles para ella. Cuando mi padre regresó, la guerra había llegado a su fin y corría el año 1946. La vuelta de mi padre fue muy emocionante y al tiempo, nací yo, Fortunata María Mercedes Ferro.  Luego mi hermana Lucy y mucho más tarde mi hermana Mary. En ese momento mi padre volvió a irse, esta vez a trabajar a Argentina, dejando a mi mamá otra vez sola con 4 niños y sin conocer a su hija más pequeña, ya que en el momento en el que él estaba abordando el barco, mi madre daba a luz a Mary. Cuando decidimos viajar hacia Argentina, fue algo muy difícil, dejar nuestra tierra y la poca familia que nos quedaba para ir a un lugar lejano y desconocido. Lo único que valía la pena era que nuestras preocupaciones más importantes serían aplacadas; alimentar a 4 niños no era nada fácil en aquella escasez.

Foto obtenida de la puerta de la casa en FRANCICA, ITALIA. De izquierda a derecha están: Fortunata María Mercedes Ferro, Mariantonia Ferro (centro), Antonio Ferro (centro atrás), Annunziata Margarita Giovanna Ferro.

Abordando en Génova, lo único que sentía era miedo e incertidumbre y mientras miraba mis tierras, me preguntaba si algún día las volvería a ver. Viajábamos en 3era clase (La única clase que podíamos pagar y a duras penas ya que en esa época donde gobernaba Perón, los pasajes eran de bajo costo), en el subsuelo del barco, separados en camarotes de mujeres y hombres. Solo vimos cielo y agua por 15 días y viajamos realmente incómodos ya que aquella clase no era nada agradable. Hubo días de tormenta que nos dejaban a nosotros y a todos los demás pasajeros realmente descompuestos y muertos de miedo. Mi madre, mis hermanas y yo llorábamos asustadas y preocupadas por mi hermano Antonio, a quien no podíamos ver y que con 14 años, se encontraba solo, sin nadie remotamente familiar en el camarote masculino.

Foto previa al embarque del barco que los trasladaría a Argentina. De izquierda a derecha están: Antonio Ferro, Mariantonia Ferro (centro abajo) Dominga Logiacco (centro atrás), Fortunata María Mercedes Ferro y Annunziata Margarita Giovanna Ferro. Hijos de Dominga Logiacco y Domingo Ferro.

A pesar de todas las dificultades vividas durante ese período tan difícil, hay un recuerdo que quedó y quedará en mi mente por siempre, como algo lindo y feliz dentro de tanta miseria. En aquel viaje, hicimos una parada en un pueblo llamado “Las Palmas” y mi hermano fue el único que pudo bajar del barco. El aprovechó y con el poco dinero que teníamos, compró un montón de bananas. Era la primera vez que probábamos aquella fruta, la primera vez en meses (o en años) que comíamos tan abundante y rico. Más tarde, mi mamá bajó del barco y compró 2 muñecas para nosotras que caminaban y decían “mamá”. Nuestra felicidad era inexplicable, imposible de poner en palabras, después de todo, al fin parecía que todo iba a estar mejor.

“Siamo arrivati”, dijo mi madre al llegar a Argentina el 8 de junio de 1954 y lo único que podía pensar era: “Acá vamos, nuevo país, nueva vida”. Mi abuelo paterno y sus hermanos vinieron a recogernos al puerto y nos llevaron a la ciudad donde viviría la mayor parte de mi vida, “Ciudadela”. Nos quedaríamos en la casa de un tío de mi mamá, conviviendo entre los seis integrantes de la familia en un cuarto bastante amplio donde cocinábamos, dormíamos, nos cambiamos y hacíamos todas las actividades del día; el baño (letrina), por otro lado, lo compartíamos con los otros inquilinos. Así vivimos durante más de un año, hasta que una habitación se desocupó y mis padres pudieron dormir solos, mientras Lucy, Mary, Antonio y yo compartíamos el cuarto anterior. A todo esto, empezamos la primaria en un colegio que estaba a una cuadra de nuestra casa llamado “Inmaculada Concepción”. Antonio en 3er grado, mis hermanas en jardín de infantes y yo en preescolar. Afortunadamente, la madre superiora nos dejó ir sin la necesidad de pagar en todos aquellos 6 años que acudimos allí, pues conocía nuestra situación económica y migratoria.

Datos de la familia Ferro para inmigraciones. 12/8/1953.

A  mis 10 años conocimos a la familia Gramajo debido a que éramos vecinos y mi padre a partir de algunas conexiones consiguió trabajo como albañil con Juan Gramajo, el capataz de una fábrica de vinagres que necesitaba personas para unos pequeños trabajos. Así no solo mi padre consiguió una buena ocupación sino que mi hermana Lucy y yo también. Comenzamos a ir a la casa de Juan y ayudar con lo que podíamos. Nos encargamos de poner alambre en los corchitos que iban en las botellas de vinagre, de 8am a 12am a trabajar; aprovechábamos a hacerlo de mañana ya que a las 13hs debíamos entrar al colegio. Fue bastante triste no poder tener una infancia más normal, y tener que pasar no solo mi niñez, sino que también mi adolescencia trabajando, pero a la vez a pesar de todo, ya no veo las desgracias, sino que agradezco la belleza que pude sacar de ellas. Si no hubiera pasado por lo que pasé, no habría conocido al amor de mi vida, Orlando Gramajo, el hijo de Juan así que todo lo bueno y los momentos lindos que viví los atesoraré en mi memoria hasta el día de mi partida porque si algo me enseño la vida, es a ser feliz, pase lo que pase.