Estatuas y lluvia, para un recuerdo de niña

En todas las familias hay historias. Algunas son anécdotas, otras encierran vivencias de destierros, ausencias, esfuerzo o dolor. Han viajado hechas narración de boca en boca, a través de las generaciones. En la alegría o en el dolor, creemos que todas merecen ser contadas. Así que sentados en una ronda y con los ojos cerrados, nos propusimos con los chicos de 6to año de Comunicación, recuperar un recuerdo de familia que estuviera en nuestra memoria. A partir de él realizamos entrevistas y reconstruimos la información que nos faltaba tanto con fuentes escritas, como orales. Y luego con todo eso en nuestra mochila, nos sentamos a escribir estas historias de familia, que les presentamos en esta serie. Disfruten de las producciones de nuestros chicos en el espacio de Taller de Producción en Lenguajes, coordinado por la docente Virginia Himitian.

 

Por Abril Agüera

Ayer me sentía muy extraña, con una melancolía intensa que ahogaba todos mis pensamientos y nublaba mi mente. Recordaba un día gris aproximadamente 10 años atrás, una tarde de abril en un día frío, lluvioso y como bruscamente la tarde se aclaraba ya que caía la lluvia muy minuciosa. Se veía como la gente en la plaza esquivaba los charcos para no mojarse, y viene a mi memoria estar tomada de la mano con mi mamá. El olor a pasto mojado emergía por toda la plaza principal de Tandil , una ciudad pequeña muy bella ubicada en la Provincia de Buenos Aires. Recuerdo unas estatuas verdes mojadas con rocío que caía, figuras de personas altas, muy hermosas esparcidas por todo el parque y ella me contaba una historia que 10 años después, recuerdo como si fuera hoy.

En un Antiguo reino hubo una vez una princesa increíblemente rica, bella y sabia. Cansada de pretendientes falsos que se acercaban a ella para conseguir sus riquezas, hizo publicar que se casaría con quien le llevase el regalo más valioso, tierno y sincero a la vez. Sin pasar mucho tiempo llegaron al castillos miles de aristócratas y adinerados, señores de todas partes para ofrecer maravillosos regalos: joyas, tierras, ejércitos y tronos, el palacio quedó vestido de mil colores y confesiones de amor.

Llegaron al palacio dos jóvenes fuertes y altos con la meta que no irse del castillo sin el corazón de su princesa. Se presentaron y le prometieron amor eterno, y le dijeron que ellos no creían un  regalo más digno de ella que pelear uno con el otro por su amor. Salieron lastimados y heridos. Uno había sido más fuerte y pensando que había ganado el corazón de aquella, cuando fue a presentarse ante ella, he aquí su sorpresa, cuando vio que otro joven, para nada fuerte ni apuesto, se estaba presentando ante la princesa pero sin nada en sus manos. Sorprendido escuchó como él le decía que no tenía nada que ofrecerle, excepto su corazón y ella encantada lo eligió a él cuando no le brindó nada más que su amor”.

 

Dos hombres que luchan por el amor de la princesa.

Luego de que mi mamá terminó de contarme ese relato a medida que íbamos recorriendo cada estatua de aquella plaza, me dijo que esa historia era una gran muestra de que cuando uno ama a alguien no hace falta pelear por su amor, que uno no tiene que luchar para que esa persona te ame, que cuando yo encontrara a la persona correcta me iba amar tal cual yo era.

Algunos años después me di cuenta de que esa historia nunca había existido, que las estatuas provenían de Francia con el fin de decorar la plaza tan verde y bella de la Ciudad de Tandil, pero aun así cada vez que paso por allí recuerdo aquella tarde de lluvia de abril; y como esa pequeña historia, inventada por mi mamá, me ayuda a recordar que, pase lo que pase, nunca tengo que luchar o lastimarme por amor, y que el amor nunca duele ni hace falta luchar por él.