Por Fausto Serra
Para mantener un sistema en funcionamiento es necesario que sus partes trabajen de forma adecuada. Un robot no puede hacer su trabajo correctamente si el estado de sus piezas es malo, tarde o temprano terminara siendo deficiente y poco productivo, sin poder explotar todo su potencial. Pensemos ahora en los alumnos de la escuela, todas las mañanas, adolescentes somnolientos ingresan a la institución con sueño, muchos sin haber desayunado, con sus energías por el suelo y en un estado general poco propicio para un buen aprendizaje.
¿Cuantas horas necesita dormir un adolescente? Un grupo de expertos de la National Sleep Fundation [Fundación Nacional del Sueño], una organización estadounidense sin fines de lucro, recomienda a personas de catorce a diecisiete años unas diez horas ininterrumpidas de sueño. A principios de este año, cuando se me ocurrió escribir al respecto de este tema, hice una encuesta a los alumnos del ciclo superior preguntándoles cuantas horas habían dormido esa misma noche, estos son los resultados que obtuve: de unos setenta y un alumnos uno solo durmió de nueve a diez horas, treinta durmieron de seis a siete horas, otros veinte de siete a ocho horas, ocho alumnos de ocho a nueve horas, seis de cinco a seis, tres durmieron únicamente entre cuatro y cinco horas y otros dos alumnos simplemente no durmieron.
Los padres y adultos preocupados por esta problemática suelen condenar únicamente a la tecnología y a la irresponsabilidad juvenil, a pesar de ser cierta la influencia del uso de las tecnologías a nuestro corto lapso de sueño, este resulta ser un problema que afecta también a los adultos. Es un hecho científico que nuestro ritmo circadiano, nuestro reloj biológico, se retrasa en la adolescencia y dificulta la conciliación del sueño a personas de esta edad en particular. Evidentemente usar el celular en la cama antes de dormir no ayuda en nada, pero tampoco aporta una solución el horario anticuado en el cual concurrimos al colegio.
El modelo de sistema educativo que tenemos en la actualidad se formó durante la primera revolución industrial y llegó a nuestro país exportado de Europa por el consagrado “padre del aula” Domingo Faustino Sarmiento. Lo que esta nueva forma de aprendizaje de tipo formal buscaba y sigue buscando, es la adaptación de los sujetos en desarrollo a sus futuros roles dentro de la sociedad. Es por esto que podemos encontrar tantas similitudes entre el ámbito laboral y el educativo, tales como: el espacio de encierro, las jornadas continuas de trabajo, la jerarquización de sus integrantes. Pero la escuela no tiene una única función, los adultos, mientras trabajan, dejan a cargo de sus hijos a la institución, pasando a ser más que solo una entidad formadora, sino una de encierro. No es de extrañar entonces la correlación entre los horarios laborales y los escolares y el trasfondo pragmático que lleva consigo. Es aquí donde aparece otra diferencia significativa, los adultos precisan un menor tiempo de sueño para recomponerse que los menores.
Este modelo ha tenido pocas alteraciones desde sus orígenes hace ya más de doscientos años, es necesario que este se adapte al presente y con esto, al adolescente moderno. Ya se han realizado en diferentes puntos del globo estudios que demuestran un impacto favorable al comenzar las clases en un horario más tardío. En los Estados Unidos, por ejemplo, la eficiencia y el rendimiento de los alumnos ha empezado a mejorar drásticamente en los colegios en los que se da inicio a la jornada escolar a las ocho y media de la mañana.
La adolescencia es la última etapa en el desarrollo físico y mental del individuo antes de la adultez. La escuela debería ser un espacio que explote las capacidades del alumno, sin limitarlo a un modelo desprovisto de practicidad. No se puede pensar en un sistema exitoso si sus partes simplemente no funcionan.